Ya es fin de semana. Antes de bajar de casa, mi hijo me pregunta si estoy segura de dónde voy. Por supuesto que lo sé. Llevo aquí más de diez años. Voy hacia el metro y me adentro con parsimonia. Saco la tarjeta rosa y pico. En el andén, hay miradas perdidas. Paso desapercibida. Todo el mundo pasa desapercibido. Cojo la línea roja y dentro del vagón, cuento las paradas hasta mi destino. A menudo me quedo de pie, pero hay veces que personas amables me piden que me siente. Accedo agradecida con una sonrisa. Mi hija me estará esperando.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. De Torrassa a Universitat. Esto me alucina, de donde yo vengo, no hay. A veces la gente me habla y no les entiendo, con la edad que tengo, ya sólo me da para memorizar algunas palabras. Llego a mi destino, salgo a la calle y por el camino me encuentro caras conocidas, me saludan, les saludo. Son gente migrada, del barrio de al lado de donde yo nací, un barrio de una provincia en el sur de Manila. Me gusta pasear por estas calles, tan lejanas a las mías, a las que tanto hecho de menos, pero supongo que mi lugar está aquí, con ellos. Mi hija me pregunta si sabré volver sola a casa. He venido sola y volveré sola, claro que lo sé. Tengo que bajar en la parada anterior a Florida. Me despido.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. De Universitat a Torrassa. Me guardo la tarjeta rosa y me quedo de pie, cogida a la barandilla con fuerza. A veces miran extrañados una abuela extranjera, como yo. Vine a los 65 años, en el año 96, dejando toda mi vida para estar con Ely y Cora. Allí de donde venimos no teníamos nada más que sueños.

Ya es fin de semana. Me visto y mi hijo me pregunta si estoy segura de dónde voy. Sí, hijo, no te preocupes. Saco la tarjeta rosa. Esta vez me siento. Creo que tenía que hacer algo, pero no me acuerdo. La gente se desplaza dentro del vagón, entran y salen, miran e ignoran, se acuerdan y se olvidan. El vagón de repente se vacía, todo el mundo baja y no sé donde estoy. Salgo. Fondo. Doy vueltas en el andén, no sé qué les tengo que decir. Les pregunto como ir a casa, pero me sale en tagalo. Me ignoran. No me entienden. ¡Qué me ha pasado! Mi hija me estará esperando. ¿Cómo llego hasta ella? ¿Dónde estaba? ¿Qué hago aquí? ¿Quién es esta gente? ¿Por qué me miran? ¿De dónde soy? No entiendo nada … ando, ando, sin palabras, sin rumbo.

 

A mi abuela que padece Alzheimer. Te quiero.