Nada más bajar del taxi me di cuenta que no llevaba la libreta. Miré hacia el cielo y contemplé la cantidad de bloques y ventanas que veía en ese recinto. Traté de mantener la calma. No sabía por dónde empezar. Dudé un momento y decidí meterme en el portal del bloque que tenía más cerca, con la esperanza de encontrar su nombre escrito en los buzones. La mayoría de ellos no tenían nombre, ni siquiera número. Eran un cúmulo de buzones viejos, oxidados y descuidados, como en desuso.

Eso sí, cotilla de mí, me fijé que en uno de ellos había una carta escrita a mano. De hecho era imposible no fijarse en ese color madera haya y esa caligrafía tan bonita y lograda, escrita en tinta. La cogí un instante con mucha delicadeza sólo para notar la rugosidad, el relieve de los trazos marcados en el papel de arroz, rastros de una historia que no veía ni podía leer. Podía notar la textura en mis dedos, la textura de los trazos del interior pero también la textura de la tinta con la que estaba escrito el destinatario y el remitente. Me entró una añoranza de esas que se construyen a través de lo que te explica la familia y de lo que ves en la tele, una añoranza de una época no vivida pero recreada en ese instante, en intimidad, con mucha ternura. Sonreí y la va volví a dejar en su buzón.

Seguí mirando el resto de los buzones, retomando la búsqueda de su nombre. No habían demasiados y los que habían, escritos a mano, costaban de leer. Saqué el móvil como de costumbre y, comparando los trazos, traté de ver si coincidían. Me fijé caracter por caracter y revisé varias veces, por si me había descuidado algún trazo. Pero no, no coincidían los nombres. No era allí. O por lo menos, esa no era una manera factible de encontrarlo. Así que salí.

De nuevo, estaba entre los bloques, sin saber por dónde seguir. Decidí dar un par de vueltas por el recinto para ver si encontraba al vigilante de la comunidad. No hubo suerte y no me lo podía creer: ¿pero dónde estaba? Siempre hay un vigilante, normalmente un chico joven con un traje oscuro, tres tallas grande, hablando con una excesiva cordialidad que llega a incomodar. Y ese día que estaba dispuesta incluso explicarle de dónde venía y de dónde era, no aparecía. No estaba. O por lo menos no estaba visible. Seguramente estaría en algún lado, en algún rincón. Quizás durmiendo la siesta en alguna sombra, pensé.

Y mientras tanto, yo, rodeada de coches y bicicletas bajo el sol, cada vez más acalorada y con más frustración: no había nadie, no podía llamar y no tenía la libreta, la maldita libreta. Suspiré profundamente y me volví hacia las ventanas. Las miré fijándome sobretodo en las que tenían la persiana levantada. Fruncí el ceño y así haciendo fuerza con mis párpados como tratando de hacer aparecer algo, deseaba que en ese instante alguna persona me viera y me empezara a saludar efusivamente con mucha intensidad. No a cualquiera persona, sino a él, mi shū yéye. Me lo imaginaba así con unos nervios que le harían agitar la mano sin parar –o lo que le permitiera su edad, claro. Y yo, por supuesto, estaría devolviéndole el saludo agitando no una sino ambas manos, cargada de felicidad y cagada de los nervios, también.

“Pe- pero si ni siquiera sé como es, si nunca nos hemos visto. ¿cómo va a saber que soy yo?” Sentí una tremenda vergüenza incómoda, como si alguien más estuviera observando mis pensamientos y hubiera visto la misma situación que yo. De repente me pareció estúpido que el primer encuentro fuera así en la distancia y a través de una ventana. Así que me dispuse a andar rápidamente por el recinto otra vez, tratando de camuflarme entre coches y bicicletas. Tratando de que, irónicamente, nadie me viera ni me encontrara. Bueno, de que mi shū yéye no me viera allí desamparada desde su ventana. De que no me viera, no sin antes yo estar preparada.

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